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YO INTENTE SUCIDARME.   Cuento Corto




YO INTENTÉ SUICIDARME


     Yo intenté suicidarme. Gracias a Dios, no lo logré. Como sabemos que hay muchos que lo logran y por lo tanto hay muchísimos que lo intentan, te voy a narrar lo que pasó conmigo.

     Nuestra familia es de Las Marías, un pequeño pueblo en la zona montañosa al oeste de Puerto Rico. Tengo tres hermanos mayores. Siendo yo muy niño nos fuimos a vivir a Mayagüez. Viviendo en el Caserío Candelaria nuestro padre nos abandona. Mientras nuestra madre trabajaba, nos criamos en la calle. Fui a la escuela con mucha escasez de las cosas que los otros niños tenían. Tuve muchos problemas en la escuela debido a mi mala conducta y cuando tenía diez años me botaron de la escuela. En ese tiempo mis hermanos cayeron presos en la cárcel para  jóvenes llamada “Correccional”. Mis hermanos se fugaron, la Policía nos cogió en nuestra casa y nos llevaron a la cárcel de Ponce. A partir de ese momento estuve en varias cárceles de las cuales me fugaba y en la calle era un delincuente. A los quince años usé heroína por la vena. Luego herí de bala a un hombre para robarle dinero y me sentenciaron a veinte años de cárcel.

     En la cárcel de Guayama me hablaron que Jesucristo es el Hijo de Dios y que recibió en la cruz el castigo que yo merezco de parte de Dios, por no reconocer a Dios en mi vida y vivir sin tomarle en cuenta. Acepté a Jesucristo como mi señor  y salvador y me convertí en un preso modelo. En la cárcel de Aguadilla me homenajearon por ser un preso ejemplar.

     Un día mientras oraba, Dios me mostró que me iba a sacar de la cárcel e inclusive me mostró  la entrevista que me harían. Tal como Dios me mostró al poco tiempo me entrevistaron los de la Junta de Libertad bajo Palabra y salí a la calle en probatoria. Cumplí cinco años en la cárcel y luego siete años bajo palabra en la calle.           

     En aquellos tiempos yo era muy activo en las actividades y trabajos de la iglesia. Alrededor de dos años luego de salir de la cárcel conocí a mi primera esposa en una iglesia. A los ocho años de casados ella me dijo que no me amaba. Ella me pidió la separación  y el divorcio y así lo hicimos. A raíz del rompimiento
me enfrié en mi vida religiosa. Me alejé de la iglesia y rehuía a los hermanos en la fe. En ese tiempo comencé a usar marihuana  y luego cocaína. Me abandoné espiritual y físicamente. No tenía respeto a Dios.    

     Conocí a mi futura esposa.  Ella fumaba marihuana conmigo. Empezamos a convivir, pero discutíamos con frecuencia. Cada vez que peleaba con ella me iba a meter cocaína, luego regresaba contento y como si nada hubiera pasado. De esta forma me quedé “pegao” a la cocaína. Yo le echaba la culpa a ella por mi adicción. Comencé a celarla. La perseguía a los lugares donde ella iba. La amenacé con matarla. Intensifiqué el uso de marihuana y cocaína.

     En una ocasión, bajo la influencia de la cocaína, me escondí en el monte detrás de nuestra casa. Pasé la noche velando qué pasaba en la casa. Tuve alucinaciones en las cuales veía hombres y mujeres entrando a la casa. Los veía fiesteando y teniendo una orgía. Temprano en la mañana entré a la casa armado con una  Mágnum 357. Amenacé y ofendí a mi mujer hasta el extremo de obligarla a ir a un laboratorio clínico a verificar que una servilleta que saqué de un zafacón en nuestra habitación contenía semen. En el laboratorio se negaron a realizar la prueba a menos que se notificara a la Policía y ellos lo autorizaran. Ante esto, yo desistí en mi empeño.

     Luego de esta humillante experiencia caí en un estado de profunda depresión.
Me dolía hasta el pensamiento. Me asqueaba de mí mismo. Pensaba que mi vida no tenía propósito, y que no podía bregar ni soportar los fracasos en mi vida.
Un día le dije a Carmen: “Mi vida no vale nada, ¿Para qué vivo yo? Para comer, dormir, trabajar, meterme drogas y hacerte la vida infeliz. Seguir viviendo no vale la pena, voy a matarme un día de estos”.  

“Sácate esa idea de la mente que la gente que piensa en eso puede llegar a cometer disparates y hacerse daño” dijo ella.    

“Ay, chica, yo he llegado a la conclusión de que mi vida no importa para nada ni para nadie. Aunque es verdad que mi trabajo produce buen dinero y materialmente nada nos falta, yo sé que soy una carga para ti y la nena. Un esclavo de la droga que cada día va de mal en peor. Tú no me respetas y siempre me queda el recuerdo de cuando Julia me dejó después que yo me esforcé lo más que pude por darle una buena vida”.  

“Entierra esos muertos ya. Si la compañía de nosotros no te motiva dedícate a trabajar y a las actividades de la iglesia, en esa forma ocupas el tiempo en cosas buenas y con gente limpia.”

“Ya yo no le importo ni a Dios. Tú sabes cuanto tiempo yo he estado orando y sigo tan fastidiao. Además, esa gente de la iglesia son un montón de hipócritas que siempre están buscando la forma de sacar ventaja de uno”.

“Caramba, verdad es que tú estás del mero. Tú te inventas los embustes y después  
te los crees. Si Dios no te cuidara hace rato que tú estarías muerto. Con todas las barbaridades que tú has hecho y estas haciendo, solamente por la misericordia de Dios tú estás vivo. Además tienes mujer, hija, casa, un trabajo propio donde te ganas lo que te da la gana. Un egoísta es lo que tú eres. Además, la mayoría de los hermanos de la iglesia te ayudarían sin interés de beneficiarse, lo que ellos no están dispuestos a hacer es botar el tiempo amamantando un adulto como tú”.

“¡Está bien! Gracias por hablarme con tanto cariño y dulzura”.

     Pasó una semana después de esta conversación y yo estaba en la misma condición. Me sentía sumamente infeliz y abrumado por mis circunstancias.  Porque no es que uno no sepa que es lo correcto y lo que más le beneficia a uno.
Tampoco es que uno dude que Dios guarda y protege a sus hijos. Es que uno, por un lado, se sabe esclavo de deseos dañinos; y por otro lado, uno ve que los esfuerzos que uno hace para tener éxito terminan en fracaso. Fracaso causado en parte por malas decisiones y en parte por la maldad de personas que han tenido autoridad o influencia sobre uno. Este fracaso crea un profundo sentido de inutilidad y falta de propósito en la vida. Yo sentía que las circunstancias de mi vida me abrumaban. Además me creía que no era respetado por mi mujer, la familia y las amistades. Supongo que como yo creía que no merecía respeto, no me sentía respetado y me veía insignificante y sin propósito en la vida.

      El próximo domingo me sentía enormemente deprimido y tomé la decisión  de suicidarme, ahorcándome. Si Dios quería tener misericordia de mí, que la tuviera.
En un momento así se está tan desesperado que no se piensa en el futuro, ni antes, ni después de la muerte. Cogí una soga que tenía en el automóvil. Preparé el lazo y lo probé. Desesperado fui al patio y amarré la soga a un árbol de mangó. Metí  la cabeza en el lazo y en ese momento sentí una gran angustia. Rompí a llorar desesperadamente y Carmen me escuchó.  

“¡Ricardo, amor, no te hagas daño! La vida es un regalo de Dios y sólo a Él corresponde quitarla.”

     Yo seguía llorando a gritos. Ella me abrazó y luego de varios minutos llorando, me calmé un poco. Ella me removió la soga y entramos en la casa.

“Yo no valgo nada. Soy un estorbo para ti y la nena. ¿Para qué va a continuar vivo un tecato arrastrao como yo?”

“Eso no es lo que Dios quiere para ti. Tú te odias a ti mismo porque te ves en una  condición a la que no le ves remedio, pero Dios y yo te amamos. Si tú te matas, le quitas a Dios la oportunidad de arreglar tu vida y convertirte en una persona de respeto. Vamos, te voy a ayudar a vestirte para que vayamos a ver a alguien que nos pueda ayudar en este momento tan difícil”.

“Yo no quiero ir a ningún lado. ¡Déjame, que ya no me voy a ahorcar!”

“No, nosotros necesitamos alguien que nos ayude. Si lo dejamos así, puede que no pase nada, pero podrías intentarlo de nuevo. Toma, cámbiate ese pantalón y ponte esta camisa”.

“No quiero ir donde nadie y además donde quien vamos a ir”.

“Si no quieres ir por ti, ve por nosotros. Nosotros te queremos y te necesitamos.
No podemos vivir con el miedo de que te vayas a matar. Ponte estos zapatos y vamos”.

“Está bien”.

     A duras penas, con la ayuda de Carmen y entre llantos y protestas, me vestí y salimos. Ya eran pasadas las ocho de la noche y Carmen buscó algunas de las iglesias que conocemos en Cabo Rojo pero estaban cerradas.

“Estamos perdiendo el tiempo Carmen. Casi ninguna iglesia se reúne domingo por la noche y las pocas que abren terminan temprano”.

“Vamos a Mayagüez. Allá encontraremos quien nos ayude.  Pídele a Dios que nos conceda encontrar a alguien”.

     Entre Cabo Rojo y Mayagüez fuimos a tres iglesias y estaban cerradas.

“Ves Carmen, esto no vale la pena. Deja esto que ya yo no voy a hacer na”.

“No, dime tú de alguna iglesia que podamos ir. Tú conoces más que yo”.

“Vete al centro del pueblo, cerca de la estación de radio donde yo trabajaba”.

     Llegamos a la iglesia y había unas pocas personas que ya estaban cerrando el local para irse. Carmen me sacó del carro y me obligó a ir con ella. La iglesia queda en un segundo piso y ya varios hermanos venían bajando la escalera.

   “Tú eres Ricardo. Bendito sea Dios. ¿En que podemos ayudarte?”

     Carmen les explicó lo que había pasado. El pastor y dos hermanos subieron conmigo. Varias hermanas se quedaron con Carmen. Nos sentamos y el pastor me dijo: “Ricardo, como nosotros nos conocemos desde hace algún tiempo, yo no puedo hablarte como alguien que ha tenido victorias en todo momento y sí como quien ha tenido fracasos y derrotas igual que tú. Todos pasamos por momentos en nuestra vida en que nos sentimos muy indignos del amor de Cristo. Pensar que  nuestra vida no tiene propósito o sentido, o que no tenemos forma de enfrentar los problemas es menospreciar el amor y el poder de Cristo. La Biblia dice que Dios va a atendernos en todas nuestras necesidades por medio de Cristo. Esto también incluye las necesidades emocionales y físicas. Tú sabes los problemas por los que yo he pasado y sabes que comparto tu situación. Cristo te ama y te sostiene y te fortalece en tu debilidad como nos ha sostenido a nosotros”.

“Ricardo, nosotros queremos ayudarte y estamos disponibles para apoyarte. Cuando uno obedece lo que Dios manda, nos damos cuenta de cuanto Dios nos ama. La Biblia nos manda que no matemos a ninguna persona, empezando con nosotros mismos y más si el propósito es escapar de circunstancias difíciles o abrumadoras. Acuérdate que en las situaciones que no podemos arreglar, la ayuda de nuestro Señor Jesucristo es nuestra seguridad” dijo el hermano Luis.

“Yo sólo quiero leerte el Salmo 34.
...El Señor atiende el clamor del hombre justo;
   y lo libra de todas sus angustias.
   El Señor está cerca para salvar a los que tienen
   el corazón hecho pedazos  y han perdido la esperanza.
   El hombre justo pasa por muchas aflicciones;
   pero el Señor lo libra de todas ellas.
   Él le protege todos sus huesos;
   ni uno solo le romperán.”, Salmo 34:17-20  (DHH)
me leyó Don Manuel.  “Ahora vamos a orar para pedirle a Jesucristo que te ayude a cambiar tu forma de pensar y que de significado y esperanza a tu vida”.     

     El Pastor y los hermanos oraron por mí y sentí paz interior. Regresamos a nuestro hogar y se me quitó todo deseo de matarme. Desde entonces he tenido muchas luchas con la adicción a drogas. Volví a caer preso. Por la gracia de Dios, salí bajo fianza y me enviaron a un programa cristiano de rehabilitación. Completé el tratamiento y estoy en mi hogar. Todavía estoy luchando, pero gracias a Dios y a Carmen que me aman, tengo esperanza y seguridad en el propósito que Dios tiene para mí; hasta el día en que sea Él y no yo quien decida el momento de terminar mi viaje por este mundo.
FIN
4 JUNIO 2007